Eco muerto
Llamé a la piedra dura de tu nombre,
grité sobre la albura
del lago que en su limo se dormía;
y el lago devolvía
la sombra de mi voz, no tu figura.
Golpeé con los nudillos del deseo
la puerta sin cerrojos,
y solo oí mi pulso repetido
como un perro vencido
que piensa en la mirada de tus ojos.
Todo lo que te dije fue volviendo
con alas de hada herida,
con labios de fantasma que no besa,
con la torpe promesa
de ser solo el ensayo de tu vida.
¿Para qué quiere el monte mi plañido
si tú no te arrepientes?
¿Para qué el aire me repite el eco
si el eco es un muñeco
que viste mi palabra y no la sientes?
Mejor callar. Que calle el litoral,
que el éter se adormite
del valle que me copia y me encadena.
Mejor la voz serena
de la nada total, del escondite.
Pero el eco persiste. Siempre vuelve.
Es mi boca que destila
sobre la piedra inerte que no moja.
Eco muerto: paradoja
de hablar solo, y tú simpre muy tranquila.
Samuel Dixon