En el bolsillo izquierdo de la noche
guardé un pez que aprendía a pronunciar tu nombre,
y cada sílaba abría una ventana
donde llovían relojes sin tiempo.
Tu risa —un pájaro de vidrio—
anidó en mi garganta,
y al hablar, brotaban jardines
que no recordaban la gravedad.
Te amé como se aman los mapas imposibles:
siguiendo ríos que suben al cielo,
perdiéndome a propósito
en la geografía de tus párpados.
Daniel Omar Cignacco © 2026