El día en que, por fin, os abandone,
no espero que nadie lo lamente,
ni quiero sufrimiento por mi muerte,
o que mi ausencia el alma os desmorone.
No deseo frías lápidas ni flores,
ni un funeral que esté lleno de gente,
en su mayoría indiferente
a mis muchos y tremendos errores.
No quiero grandes lágrimas ni honores,
ni pretendo ser impertinente;
pero, si me ignoráis rápidamente,
podréis ahorraros muchos sinsabores.
Sabed que siempre seréis los mejores;
bajo el cielo de un sol reluciente,
vivid a cada instante plenamente
mientras este universo aún os asombre.
Quiero que olvidéis vuestros temores,
que celebréis la vida alegremente
y, con mi alma flotando en el ambiente,
hagáis un simple brindis en mi nombre.
Me iré luego como el sol cuando se pone;
en silencio, oculto de repente,
deseo entregarme a mi suerte
y que el amor, al fin, me perdone.
Permitidme que una cosa os implore:
cuando mi aliento ya no esté presente
y haya regresado hasta mi fuente
recitad esta poesía mediocre.