Me asomo al balcón de mis pestañas,
y el mundo renuncia al disfraz a esta hora:
veo la podredumbre
de los cuerpos vencidos
—un niño ahogándose en el abrigo de un padre muerto—
y almas quebradas, supurando bajo su propio peso.
La calle mastica la esperanza con las encías sangrantes,
pero ya ni siquiera escupe nombres:
los ha triturado hasta arrancarles la raíz.
Los ha echado a la alcantarilla.
En cada esquina tirita
un hambre sorda que empieza a morderse las manos,
un hambre que aprendió a no gritar
porque conoce
el grosor exacto de nuestra indiferencia
y sabe que nadie viene. Que nunca viene nadie.
Hay cuencas vacías que ya no suplican,
ni esperan compasión,
ni recuerdan la dignidad de mirar de frente.
Se han tapiado por dentro
con un cerrojo de carne y lágrimas oxidadas
para ahorrarse el trámite de morir mil veces antes del alba.
Los pasos no avanzan, solo arrastran la derrota,
pisando la costra seca
de los que cayeron ayer en este mismo asfalto,
de los que nacieron sabiendo que no había salida.
Y la herida más honda…
no es el frío, que al menos duele y te recuerda que existes,
ni la noche, que a veces esconde la vergüenza,
ni el abandono de Dios.
Es esto:
que al escarbar con las uñas bajo los escombros
—entre el polvo de hueso y los hierros retorcidos—
compruebas que ya no late nada.
Que quizá nunca fuimos nada.
Y esa certeza,
mientras miro a salvo desde mi balcón,
es la losa final
que me quiebra el cuello.
Antonio Portillo Spinola