Antonio Portillo

Nadie viene


​Me asomo al balcón de mis pestañas,
y el mundo renuncia al disfraz a esta hora:
veo la podredumbre
de los cuerpos vencidos
—un niño ahogándose en el abrigo de un padre muerto—
y almas quebradas, supurando bajo su propio peso.
La calle mastica la esperanza con las encías sangrantes,
pero ya ni siquiera escupe nombres:
los ha triturado hasta arrancarles la raíz.
Los ha echado a la alcantarilla.
​En cada esquina tirita
un hambre sorda que empieza a morderse las manos,
un hambre que aprendió a no gritar
porque conoce
el grosor exacto de nuestra indiferencia
y sabe que nadie viene. Que nunca viene nadie.
​Hay cuencas vacías que ya no suplican,
ni esperan compasión,
ni recuerdan la dignidad de mirar de frente.
Se han tapiado por dentro
con un cerrojo de carne y lágrimas oxidadas
para ahorrarse el trámite de morir mil veces antes del alba.
​Los pasos no avanzan, solo arrastran la derrota,
pisando la costra seca
de los que cayeron ayer en este mismo asfalto,
de los que nacieron sabiendo que no había salida.
​Y la herida más honda…
no es el frío, que al menos duele y te recuerda que existes,
ni la noche, que a veces esconde la vergüenza,
ni el abandono de Dios.
Es esto:
que al escarbar con las uñas bajo los escombros
—entre el polvo de hueso y los hierros retorcidos—
compruebas que ya no late nada.
Que quizá nunca fuimos nada.
​Y esa certeza,
mientras miro a salvo desde mi balcón,
es la losa final
que me quiebra el cuello.

Antonio Portillo Spinola