He visto a un hombre morir hoy.
Me he detenido a observar su última bocanada de aire y tratar de adivinar los pensamientos que atormentaban al cristiano que decidió desprenderse del techo de un edificio brutalista en la calle Pedro Moreno. Su cara de agobio y de sufrimiento encontró una paz irreversible el momento en que tomó el salto de fe más grande de su mera existencia, mientras toda la cuadra se llenaba de gente horrorizada, gritando que no lo hiciera. Vi en su última acción voluntad; en sus ojos, una claridad que me hizo comprender que aquel no era un acto de rebeldía, un frenesí sin comprensión, sino más bien la respuesta a un acertijo que los demás aún no podemos resolver.
Cuando descendió, atestiguo que flotó como una pluma blanca lo hace, y esos segundos para mí se volvieron horas, los cuales usé para sentarme a terminar el cigarro que había prendido ya por ímpetu y no tanto por gusto. Mientras el muchacho esperaba su destino, volando entre las ventanas de los habitantes de la torre de departamentos, pensé que estaba observando la vida de aquellos suertudos que habían nacido con una felicidad infinita, los listos que habían aprendido a encontrarla en lo más mundano o los imbéciles que solo nos quedamos esperando a que ese momento de claridad llegue.
Sentí envidia de aquella voluntad y valentía del ave con traje que caía; él sabía que no habría algo más esperándolo en su futuro y decidió no esperar más en su condena. Sabía que en su destino ya no habría achaques por la vejez, ni más amores que besar, ni más gente por conocer, ni más pláticas íntimas que solo se pueden consumar en la cocina de tu casa, inducidas por una botella de vino y la presencia de humanos que llegan a tu vida unas contadas veces. Ese hombre, personaje que muy envidiosamente tomé en su momento más vulnerable como un manifiesto a mis locuras, a ideas que nunca saldrán de mi boca, transformándolas en una especie de señal trastornada pero directa de un dios que había olvidado que existía, supuse que para el resto de infelices que observaban fue igual.
Una señora a mi lado lloraba; su garganta se desgarraba. Tampoco conocía al misterioso sujeto, pero le recordaba a su hijo mayor, con el que había peleado la noche anterior, que en su enojo le habría dicho cosas que solo el hijo llevará cicatrizadas en su corazón, mientras ella lo olvidaría y diría que son calumnias.
Cuando tomé un descanso para parpadear después de horas de solo verlo flotar con tanta atención, pudiera captar cualquier movimiento, finalmente encontró su sentencia: había caído al pavimento duro y caliente que solo es consecuencia de la primavera ardiente en Guadalajara.
Se había acabado el cigarro, al que solo le di un par de bocanadas por estarme imaginando la soledad que sentiría la cama en la que dormía el muchacho todas las noches; su café a medio tomar, que dejó enfriarse, como su cuerpo, en su taza roja favorita; la última persona que abrazó y que hizo que pospusiera poner la última pieza de su incorruptible rompecabezas. ¿Cuántos días, semanas, años, estuvo seduciendo esa idea? ¿Habría alguien esperando su regreso a casa?
No quise más tergiversar los últimos segundos del valiente. Sabía entonces que mi presencia ya no era necesaria en esa calle que solo aglomeraba a más y más personas. Me fui mientras el sol seguía ardiendo con la misma intensidad que hace un par de momentos.