El invisible
Puedo hablarte como tantos
y sostener la nada entre los labios,
como si nunca hubiera aprendido
en la lengua más secreta.
Puedo darte la mano —limpia, neutra—
con la precisión del amigo correcto,
y soltarla sin dejar huella,
como quien no ha tocado nunca el fuego.
Puedo despedirme
dejando intacta mi coartada,
mi verdad guardada
donde no llegan los gestos.
Puedo decirte: te amo.
Y no decirlo.
Y dejar que esa palabra
se pudra dulcemente en mi boca.
Puedo verte pasar —puntual, ajena—
como pasan las cosas que no nos pertenecen,
y seguir, disciplinado,
mi oficio de invisible.
Puedo inventarnos un romance
que no soportaría la luz,
acariciar un “te amo”
como quien palpa un arma descargada.
Puedo fingir que nada se altera,
que el mundo sigue en su sitio,
que tú no eres el error
que mi vida aprendió a repetir.
Puedo, al fin, admitirlo:
amarte sin testigos,
morir sin dejar rastro,
y volver —como siempre—
al mismo lugar donde no estás.
Y tú, a salvo,
sin sospechar siquiera
que el hombre que te saluda
es el que se desangra en tu ausencia.