R.

El sabor de sus pecados

El sabor de sus pecados

 

La besé…

con una hambre que no conocía,

con una dulzura que ocultaba mi veneno.

Y en sus labios tibios, temblorosos

probé el sabor de sus pecados

como si fueran miel

derramándose en mi boca

desde el fruto más prohibido.

Mis dedos recorrían su espalda

como quien descifra un conjuro,

y ella 

me abrazó tan fuerte,

que mis demonios

despertaron uno a uno en mi piel,

arrastrándome al fuego

de su abrazo posesivo, ardiente,

implacable.

Su respiración se mezclaba con la mía,

y el tiempo dejó de existir.

Éramos jadeos,

sudor,

miradas entreabiertas,

un roce que gritaba

todo lo que el alma calla.

Sus manos dibujaban en mi cuerpo

un mapa sin regreso,

y cada caricia era una promesa rota,

una caída suave al abismo

de lo que nunca debimos desear.

Yo fui su infierno esa noche…

y ella

el pecado más hermoso

que volvería a cometer,

una y otra vez,

sin pedir perdón.