La voz del oprimido
No es eco, es el cuenco de la mano
vacío sobre el plato de hojalata,
es el frío que mata
al niño que se duerme en el pantano
del barrio sin farolas.
No es canto, son las olas
de un estómago atado con alambre,
masticando la carne viva el hambre.
No es la mansa oración, es la rodilla
que duele de fregar suelos ajenos,
es la espalda que a truenos
se parte en el andamio y en la arcilla.
No es la queja en el viento:
es el sudor violento
del jornal que termina y no se cobra,
cual alma que ha pasado la zozobra.
No habita entre el incienso, está en la fila
donde el pan se reparte con desprecio,
está en abyecto precio
de toda medicina que mutila
el bolsillo rasgado.
Es el grito apagado
de la madre que finge que ha comido
al ver que su mendrugo en plato es ruido.
No pide la piedad del terciopelo,
tan solo que no roben la vereda,
que el agua no se veda,
que no le pongan rejas a su cielo.
No es súplica del triste,
es mano del que embiste
contra el papel del juez que lo despoja
de la última simiente en cual se aloja.
No es la rabia del necio que destroza
la mansión del rico, no es alimaña,
es lámpara aledaña
que guarda el fogonero en cada choza
para que no lo veas.
Son las oscuras teas
de los que nunca han sido retratados
y en la historia oficial están borrados.
No es el llanto fugaz que se termina
cuando suena el acorde de la orquesta,
es la piedra funesta
que se clava descalza en la oficina
del mundo que lo ignora.
Es la grieta que llora
en la pared del patio sin efugio
por donde la existencia es subterfugio.
No es un verso bonito, es la cuchara
vacía que golpea la marmita,
es la canción que grita
aunque hiendan el canal que los ampara.
No es deidad que atraviesa,
es carne que progresa
descalza sobre brasas encendidas
pidiendo a voces tierra, pan y vidas.
Samuel Dixon