Tierra agrietada que jadeas
bajo el sol inclemente.
En tu vientre semillas en vano
esperan una lluvia que no termina de llegar.
El viejo árbol dobla sus hojas
como manos cansadas.
El viento caliente arrastra polvo
en villanos remolinos
que borran surcos ya muertos.
Cada amanecer se mira al cielo
con el mismo rencor de quien busca
una promesa rota entre nubes vacías.
Las acequias son venas vacías;
el fruto que debía ser colorido y dulce
madura raquítico,
amargo como la espera.
La sequía no es silencio,
es un zumbido constante
que quema la paciencia;
gota a gota el sudor
es sal sobre la frente.
Los árboles alargan sus raíces,
como dedos que tantean en lo oscuro
el húmedo recuerdo que ya no existe.
El campesino escupe contra el duro suelo
y su maldición se eleva recta
hacia la eterna esfera,
que sigue brillando
indiferente y decidido.
Las flores caen sin abrirse,
son párpados que nunca verán
el dorado cuerpo de la cosecha prometida.
Es mísero el rocío
que la benevolente noche trae.
Se sueña con un fruturo cercano
donde el agua vuelva
y la tierra abra su vientre hacedor de vida.
19-04-2026
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