Siempre falta algo.
Falta lo que no tuvimos.
Falta lo que deseamos, falta
alguien...
Alguien que ya no está y no puede volver.
Un hueco imposible de tapar...
No puede cerrarse del todo.
¿Y qué pasa si no intentas llenarlo?
Y si... ¿En lugar de eso le das espacio?
Quizás hay dolores que no se alivian,
Pérdidas que no se sustituyen.
Y sin embargo, cuando escojes ese vacío,
descubres que también guarda un impulso,
lo que no tiene despierta el deseo, y el deseo...
empuja hacia adelante.
Qué paradoja: Lo que más duele,
también puede ser lo que más mueve.
La falta es un hambre espiritual.
Duele y pesa, pero al mismo tiempo contiene potencia,
potencia de crear,
de buscar y de abrir algo nuevo.
Quizás no se trate de “sanar” la falta,
sino de aprender a vivir con ella,
dejar que, en su hueco,
nazca un nuevo movimiento de vida.