No es enojo lo que te escribe,
es el cansancio con voz suave,
ese que ya no grita,
pero tampoco se queda callado.
No me duelen tus diferencias,
ni que tu mundo no sea igual al mío,
me duele no habitar en él
como un lugar al que regreses.
No soy ella,
ni intento serlo,
pero en este intento de ser “yo”,
a veces siento que no alcanzo
ni a rozar lo que buscas.
Y entonces me pregunto,
con una insistencia que desgasta:
¿qué me falta,
o por qué no soy suficiente
para que me elijas sin dudas?
Hay palabras que no se dicen y pasan,
y otras que se quedan a vivir en el pecho…
la tuya fue una de ellas.
“Nunca serías mi amiga”
y sin embargo aquí estoy,
intentando serlo todo,
mientras tú decides
qué lugar darme.
No quiero competir,
ni pedir cariño como quien ruega,
solo quiero ser certeza,
no un espacio que llenas
cuando todo lo demás está en calma.
Porque yo sí te elegí,
con todo lo que eso implica…
pero empiezo a entender
que elegirse a una misma
también es una forma de amor.