Jose Hugo Rubio River

La Mano que no me Reconoce

 

 

No entendía que soltarte era este abismo.

Creí que solo habías salido a respirar,

un breve exilio de aire, un egoísmo

que nos serviría a ambos para regresar.

Yo también fingí mi olvido, mi distancia,

pretendí que tu ausencia no era urgencia,

mientras el tiempo agotaba su fragancia

y el silencio dictaba su sentencia.

 

Pero me soltaste una, dos y tantas veces...

Ayer busqué tu mano, ese puerto conocido,

y hallé un desierto de piel, meses de meses,

un tacto extraño que ya me había echado al olvido.

 

Comprendí que soltarte es un oficio mío,

una labor solitaria, un rincón baldío,

porque tú ya te habías ido hace tres inviernos.

Busca otros brazos, otros cielos, otros labios,

ensaya caricias en cuerpos que no son el mío.

Yo te buscaré en otras, cometiendo los agravios

de querer hallarte en medio del vacío.

 

Seré mejor por ti, para que me busques,

para que cuando me encuentres, te duela haberme dejado.

Te deseo más que yo, aunque al final te ofusques

buscando un amor superior al que te he dado.

Andarás la vida con el alma dividida,

buscando en lo ajeno lo que en mí era fuego.

Porque a Dios no se le miente con una despedida,

ni se engaña al destino con este triste juego.