En el regazo de la cumbre cana, donde el viento ensaya su canción, nace un río de luz y porcelana que busca en la pradera su oración.
Caminan los tulipanes, encendidos, en un desfile de seda y de rubí, y en sus cálices guardan, conmovidos, el rastro del amor que te ofrecí.
Mira el cielo, ese espejo de bonanza, y el mar allá a lo lejos, tan cobalto, donde se funde toda mi esperanza en un azul profundo, eterno y alto.
Como el agua que corre y no se agota, como el monte que guarda su verdad, mi verso en tu mirada hoy se derrota y se hace río hacia tu inmensidad.
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