Casi todos vivimos con la secreta convicción de ser el centro del mundo.
Sin embargo, para la mayoría de las personas apenas existimos.
Somos, en realidad, una partícula mínima en la inmensidad del universo.
Y, aun así, ahí se esconde nuestra verdadera grandeza.
Porque, aunque otros te digan —o te hagan sentir— que no eres nada,
tu vida es el único mundo que verdaderamente habitas.
Es el único lugar donde existen tus pensamientos, tus recuerdos,
tus miedos, tus sueños
y el amor que quizá compartes con unas pocas personas cercanas.
Cuando mueres, tu mundo se extingue contigo.
Desaparece todo aquello que veías, sentías y comprendías.
Por eso, tal vez, no tenga demasiado sentido
envidiar los bienes o la fortuna de los demás.
Al fin y al cabo, tu vida es única e irrepetible.
Nadie es más que nadie.
Lo verdaderamente importante es aprender a reconocer la belleza
y, si el destino lo permite, también a crearla.
Tu vida está hecha de vínculos:
de tus amores, de tus padres —que seguirán viviendo en ti mientras vivas—,
de los paisajes íntimos de tu pensamiento.
Y, sobre todo, de esa felicidad silenciosa que nace en tu interior,
una felicidad que no depende de los demás,
sino de una fuente secreta que te pertenece.
Algo profundamente tuyo
que los otros percibirán…
o quizá nunca lleguen a comprender.
No lo olvides:
nadie es más que nadie.
Y tu vida, con toda su fragilidad y su misterio,
es única e irrepetible:
la única que verdaderamente sientes,
la única que realmente percibes,
la única que, en última instancia,
te es dada para vivir.