Viene caminando la niña a quien llamaremos Lucerito, lindo nombre y estilo que escogieron sus progenitores, en la punta de su ceja de color cafecito, tal como su apellido Lunares.
Una mochila celeste de tela bien gruesa y rayas amarillas muy elegante camina; sus zapatos que brillan y su falda azul de tablones dan la bienvenida a la escuela y entre sonrisas sin fin.
Agarra su mochila como quien guarda un tesoro: ¡es el invento que hizo mamá!
Cortó los jeans de su hermano y en su máquina de acero dio rienda suelta a la creatividad, porque Lucerito Lunares empezaría a estudiar.
Orgullosa saca de su mochila un cuaderno de cuadros y de hojas finas y un lápiz mongol original, el buen borrador blanco por si se puede equivocar; hoy enseñan la resta, pues ya aprendió a sumar.
Siguen las horas y el día está por terminar
Hoy aprendió algo de lectura y una flor a dibujar.
En sus bolsillos ha dejado unos centavos; afuera hay algo que comprar: un heladito de crema con un poquito de ron para calmar la ansiedad.
Ahora faltan las cuadras que la llevarán donde mamá; quiere contar que su día ha sido espectacular, conoció a Josefa y Danilo y a Emilio el vecino, a quien le tocó ayudar. No podía restar, seis menos dos son cuatro y hasta titubeaba para hablar.
Josefa llevó su muñeca y Danilo, dos goles pudo marcar; fue un excelente día, todo salió genial, finalmente llega a su casa y la recibe Blanca Piedad; es una perrita flaca pero llena de amor leal.
Así termina el día de Lucerito Lunares, una niña sencilla que no sabe de tempestades y solo ama estudiar.