El zurcidor de noches
Ríes al verme llegar
con mi parsimonia intacta.
No traigo flores.
Traigo restos:
un brillo breve,
casi nácar,
casi filo.
En un costal —no preguntes—
cargo palabras que no encontraron boca;
susurros enhebrados
para colgarte la noche
en los oídos.
Llevo pasiones sin dueño
y, entre mis alforjas,
hilos para zurcirte un corazón
—zurcido, sí—
con cada “te amo” que no llegó.
No para que me recuerdes.
Para que un día, sin motivo,
te lleves la mano al pecho
y no sepas por qué.