Rafael Parra Barrios

La pista eres tú

 

 

La pista eres tú 


​Acaba de ocurrir un milagro: he vuelto a escuchar tu voz. Qué hermoso es descubrir 
en tus palabras la certeza de que existes y de que, a pesar de todo, seguimos coincidiendo.


​Necesitamos hablarnos. Somos, en nuestra extraña alquimia, novios de ayer, amigos de hoy 
y terapeutas del alma. Hablar contigo es el alivio que busco, 
y espero, de corazón, que mi credo sea también tu refugio. Conversar contigo es otro nivel; hay una empatía tan profunda que me colma el espíritu y acelera el pulso, ese que me tomaste varias veces. 
No es un diálogo cualquiera: 
es esa química que convierte la palabra en pasión y la conversación en una razón de ser, porque ser contigo es, sencillamente, encantador.


​No nos neguemos el derecho a nutrir nuestra esencia, a dejar que florezcan esos valores y sentimientos que nos unen, como si fueran nuestra propia cosecha. Siento, profundamente, que debemos honrar este vínculo; solo Dios conoce el destino de este hilo invisible que nos ata. Deseo con fe, con este amor que no sabe de edades, que se cumpla lo que nuestras almas dictan: el derecho a una vida plena y compartida.


​Si algo bello ha llegado a mi existencia en este atardecer de la vida, eres tú. Te conocí en la misma calle donde, años después, la vida decidió devolverme el regalo de encontrarte. Una noche de viaje, una tarde de enero; esos fueron nuestros escenarios. El jardín donde nuestra amistad germinó, y donde el amor, a pesar de las sombras y las distancias, nunca se marchitó.


​No he renunciado a ti, ni he claudicado ante el sentimiento. Pongo todo en manos de Dios, esperando que los astros se alineen para que este sueño —el tuyo, el mío— sea uno solo. Nos complementamos tanto, que parece que el destino se esforzó en hacernos union.


​Quisiera extender esta confesión hasta el infinito, pero sé que buscas el descanso. Ando explorando pistas para navegar esta noche, y ya lo sabes: la única pista que busco eres tú. Son tus besos y tus caricias los que me devuelven la esperanza, los que me reviven.


​Feliz noche. Aprecio y valoro tus palabras tanto como el eco de tu voz ronca, que, en su fragilidad, me suena infinitamente sensual. Te quiero mucho.