En la árida soledad de mi alma,
donde el eco del abandono grita,
como Elías junto al arroyo seco,
camino sin rumbo, sin cita.
Mis días son secos, sin alimento,
la esperanza parece un espejismo,
y en la quietud de mi desierto,
busco un susurro, un milagro mismo.
Pero llegan, inesperados, los cuervos,
no con alas negras de amenaza,
sino con manos invisibles que traen
pan y carne para el alma, calma que abraza.
Son voces, gestos, caricias pequeñas,
que el viento de parte de Dios me regala,
recordándome que aun en su ausencia,
la vida se instala.
Aunque el arroyo esté seco,
y el mundo parezca olvido,
hay cuervos que vuelan en silencio,
con alimento divino y sentido.