Estoy roto por dentro,
golpeado por fuera.
Hecho mil pedazos,
sin dejar retazos.
Me hundo en silencio,
mientras escondo
lo que siento
y lo que pienso.
Busco el final del sufrimiento,
como quien camina sin destino.
No puedo avanzar.
Soy un chico agonizando
que reparte sonrisas
como si nada doliera.
El dulce olor del fracaso
recorre mis entrañas,
y el sabor frío de mi tristeza
se mezcla
con el hedor de cada error.
Ese azufre que arde en mi alma
no me deja olvidar
lo poco que valgo.
Y entonces aparece el cansancio:
no de luchar,
sino de caer una y otra vez.
No es cobardía,
ni tampoco valentía,
es este agotamiento visceral
de sentir que cada día
vuelve a empezar en fracaso.
Y entendí que el verdadero cansancio
no es del cuerpo,
sino del alma que ya no descansa.