Yo no veo el universo,
pero algo en él acusa el golpe.
No me lee como a una piedra antigua:
se corta con mis bordes.
Soy el punto ciego de lo infinito.
No hay luz que entre sin raspar,
no soy una ventana mansa,
soy la grieta por donde el espacio respira.
Si me acecha en el agua de mis pulmones,
yo también lo trago y lo disuelvo.
No me sabe de memoria, nos pesamos;
somos la misma materia tropezando a oscuras.
Ya no busco el cielo con los ojos.
Si hay un reverso, lo estamos arañando juntos.
El universo no sonríe ni sabe nada:
apenas usa mi ceguera
para intentar mirarse por dentro.
Y sin embargo,
algo insiste.
No hay dentro.
No hay fuera.
Sólo esta presión antigua
empujando en silencio.
A veces creo
que no somos dos,
ni siquiera materia en caída,
sino una duda que late.
El universo no me contiene:
titubea en mí,
ensaya formas que no terminan.
Y en ese temblor —
en esta herida sin borde—
ocurre todo.
Aunque nadie mire.
Aunque nada responda
Antonio Portillo Spinola @