Ricardo Castillo.

Residencia en la carne

Perdido bajo los puentes,
en el resplandor de luces amarillas.
RC.

Ando acumulando por las calles
vientos en el rostro,
polvos de ayer.

Vasijas de porcelana fina pulverizadas,
mezcladas con ensoñaciones,
sal
y agua.

Soy un amasijo de soplos
enredado con la carne;
un nudo tenso de ingenio oscuro
que dicta mi distancia,
mis lindes.

Soy como un perro sujeto a lo que arde.
¿A dónde me llevará esta orden
de fuga,
si no puedo cruzar
esta tarde?

¿Al descanso de la mirada en el horizonte
donde despunta la primera estrella,
hacia el amanecer,
un mundo al otro lado del lago
donde imagino encontrar
lo que no tengo:
un recuerdo,
un pájaro,
una flor?

¿O hacia lo que ya tengo:
otro como yo,
arrastrando su muerte?

¡Qué terrible es el hombre,
atado a la muerte
desde antes de nacer!

Me detengo a reposar
debajo del viejo sauce.
Ante mí, los charcos y la basura:
latas de cerveza Toña y Coca-Cola;
una arcilla caliente bajo el sol,
lista para derruir al hombre.

Las huestes de pájaros carroñeros
me picotean,
me empujan hacia los desperdicios,
me mezclan,
me rehacen
en una forma
inhumana
para vagar con ellos por Managua.

Pero yo aspiro al salitre,
a los acantilados,
a las buganvilias,
a las gaviotas,
a la mar pulverizada en el rostro.

Ricardo Castillo
De: Malos poemas