I. El don del aliento renovado
Bendita la vida, río de misterios profundos,
que me izó del vacío a la ribera dorada;
transmutó mi tormento en rosal sin confines,
y derritió mis miedos en su horno sagrado.
Aire puro, pan tibio, aurora que me abraza,
y esta paz que florece, solo mía, eterna.
II. Tesoro de lo humilde
Gloria a la tormenta que talló mi silueta,
al yunque que moldeó mi arcilla rebelde;
el espíritu asciende en lo elemental y puro,
regalo divino: canto de pájaro libre,
fragancia del vergel que besa la mañana,
cielo siempre abierto, abrazo sin cadenas.
III. Lecciones del viento errante
Aquellas vueltas cerradas, aulas de silencio roto,
pasos que fallaron, alas para mi partida;
no hay rencor en mi pecho, ni ecos de lo muerto,
sino bendición al rumbo que me forjó entero.
Cada tropiezo fue maestro disfrazado,
sendero de fuego que avivó mi latir.
IV. El regalo de la espina estelar
Al dardo que impulsó mi salto al éter vasto,
al eco sordo que mi grito devolvió;
al frío que hundió raíces en mi suelo fértil,
donde el orgullo se doblegó, humilde y puro.
El que laceró, sin verlo, me entregó la brújula,
puerta al refugio donde el alma ancló.
V. Alquimia de las sombras danzantes
De la sequía ingrata brotó mi raíz paciente,
de máscaras falsas, mi verdad cristalina;
contemplo mi sendero con ojos lavados,
abrazando la dureza como madre fecunda.
En el duelo de rayos y penumbras vivas,
el ser se corona: Gracia en cada aliento.
VI. Puente de corazones unidos
Gratitud por tejer puentes de luz y alivio,
por el pulso renacido en mi cavidad santa;
tierra que espejea astros cuando el perdón mana,
humano que aprende a soltar las cadenas.
Fe, mi escudo místico de hilos divinos,
hizo de la llaga mi estrella suprema.
VII. Aleluya del alba eterna
Padre de los tiempos, gracias por este haven nuevo,
por la metamorfosis santa, el salto al fuego;
de semilla dormida al trigo que ondea libre,
redimido en la mies de tu luz soberana.
Con el alma erguida, hijo fiel en marcha,
canto tu misericordia por siempre.