Hoy he visto una luz que no pertenece a este mundo,
un brillo que no quema, pero que me invita a partir.
Siento que el lazo con la tierra se vuelve tenue y profundo,
y que ha llegado la hora de dejar de luchar y dejar de sufrir.
He mirado hacia atrás por última vez, viendo mi casa y mi gente,
pero una fuerza serena me empuja hacia el horizonte final,
allí donde el pasado se funde con un presente presente,
y el alma se despoja de su vestidura carnal.
He dejado mis pasos marcados en el barro de la vida,
las alegrías que amé y las penas que me hicieron crecer.
Ahora camino ligero, sin miedo a la herida,
buscando el umbral que separa el ayer del ser.
No es un camino de sombras, aunque el adiós sea pesado,
es una senda de estrellas que se abren para dejarme pasar.
Voy hacia el sitio donde el dolor queda olvidado,
y donde el espíritu, por fin, puede descansar.
Al final del sendero se alza el Templo que me esperaba,
ese refugio de paz que no tiene puertas ni muros de piedra.
Allí donde el silencio es la música que el alma buscaba,
y la luz es el manto que con su calidez nos enhebra.
Entro en el templo con la paz del guerrero que vuelve a casa,
sabiendo que el adiós es solo un puente hacia la inmensidad.
Mi cuerpo se queda, pero mi esencia el umbral traspasa...
para habitar para siempre en la luz de la eternidad.