Mágica Luna navega
y riela entre las sombras
de los sauces y los fresnos
hasta fugarse en la aurora,
que con las luces del día
se escapa la noche torda.
Baja el Darro hacia Granada.
La alcazaba que hermosea
se riega con estas aguas.
Lamen las faldas del monte,
cantan tristes por la Alhambra
y porque se van al mar
donde olvidarán su alma.
Llevan el espíritu de Huetor
y de Jesús del Valle la calma.
Por entre las siete cuestas
filtran campanas su canto
que brotan de la abadía
del Sacromonte en lo alto.
En su cancela de entrada
un Cristo crucificado
bendice a Granada toda,
escucha cantes gitanos,
ayes, quejidos y coplas
de feligreses cristianos.
Falso es que hubo tres culturas
conviviendo en armonía.
Las catacumbas del monte
revelan fe mantenida
frente a las grandes presiones
de islámicos extremistas.
Por las tierras de Granada
corrió la sangre perdida
de aquellos que atestiguaron
la fe por siempre tenida.
Cristo que venció a la muerte
mostró su amor a la vida.
No abandonéis granadinos
al que es Amor ni a María.
En nuestra tierra sagrada
este monte es garantía
de que el reino de Jesús
habita en Andalucía.
Magos venidos de Arabia,
nigromantes de Toledo,
princesas de las Castillas,
esclavos, palafreneros,
labradores de la vega,
narradores de mil cuentos,
defensores de la Alhambra,
herradores, carpinteros,
mercaderes, pescadores,
limpiadores y abaceros.
Todos los trabajadores
tienen un sitio en su reino.
Este Cristo que aquí está
es el que luce emplazado
en el barrio Realejo
en la Plaza de los Campos,
y es Aquel que en el Gólgota
nos hizo a todos hermanos
al presentar a María
como madre y nuestro amparo.