En el punto muerto se nos quedó el alma,
como un navío que el salitre muerde y olvida.
Fue tan grande el silencio, ¡ay!, tanta la calma,
que el desamor nos trajo su sombra tullida.
Yo te quise con este pecho de greda,
te amaba con sangre, con ruda y con lino;
pero el viento se hizo nudo en la vereda
y no supe el rastro de nuestro destino.
Ya los jazmines no prestan su aliento,
la bruma es el sayo que viste el jardín;
se nos fue el cuento por el pensamiento
y el sueño dichoso ya tuvo su fin.
Tus pupilas buscan cielos de eternidad,
mientras yo revuelvo los libros de antaño;
son hojas muertas, de olvido y de sal,
que ordeno en la sombra de este desengaño.
Viene el habla del destino,
y la lluvia es espejo donde te miro bien;
tu risa en los muros busca su asilo,
entre copas, café y un antiguo vaivén.
Nada nos pesa, todo es transparencia,
no es suerte de dados ni cuenta de edad;
es que el amor tiene esta dura obediencia:
ser paso de sombra y ser claridad.