JUSTO ALDÚ

GUERRA Y PAZ

Primero fue la cruz, después la espada,

ardió la fe con filo penitente,

la sangre en nombre santo derramada,

ungía al mundo en dogma contendiente.

 

Paz en la tierra, voz entrelazada,

más hoy truena el cielo en juicio inclemente:

«¿Haré nuevas las cosas?», proclamada,

así el trueno abre el sello refulgente.

 

Augusta paz y el credo combatiente

se besan como fuego y agua helada;

«Quien tenga oídos, oiga» lo latente,

pues toda paz nace de herida alzada.

 

Luego vino la paz amurallada,

con hierro antiguo y orden aparente,

guardando bajo piedra consagrada

la sombra del cuchillo persistente.

 

Guerra en el cielo, grito de alborada,

y así cae el dragón, fulgor ardiente;

«¡Ay de la tierra!», voz desencarnada,

cuando desciende el odio entre la gente.

 

Se alzó la torre altiva y coronada,

Babel de orgullo y lengua divergente,

y en cada pacto, ¿cifra dislocada?,

que firmó la ley del oro obediente.

 

«No vine a dar la paz, sino la espada»,

susurra el texto antiguo y vehemente,

y el hombre, entre fe y pólvora sagrada,

confunde redención y continente.

 

Mas otra paz, ¿de espíritu recata?,

late en lo humilde, leve y transparente:

«Bienaventurado aquel que no mata»,

aunque la historia grite que es urgente.

 

Vendrá un silencio limpio, no sitiado,

sin muros ni vigilia penitente;

«Enjugaré su llanto», ya anunciado,

y no habrá muerte en rostro del viviente.

 

Y al fin, tras tanta cruz ensangrentada,

se alzará luz sobre la vieja frente:

no más la espada ni la fe forzada,

sino la paz sin hierro y permanente.

 

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