El óleo aún exhala un aroma a trementina y olvido,
mientras ella me clava sus pupilas de mercurio
desde el marco que yace huérfano en el parqué.
Es una elegancia de guante largo y vanguardia,
un anacronismo que respira entre las grietas del barniz.
Cruzo el umbral del Café Comercial,
donde el tiempo se espesa como el chocolate en la taza,
y allí, sentada al borde de un suspiro,
la misma mujer, carne, seda y misterio,
me pide fuego con la voz cargada de ceniza antigua.
Sus labios son una herida roja en la tarde,
y su mirada, un pozo donde el vértigo se viste de gala.
El cuadro, buscando su norte en la pared.
La mujer, en el calor de mi mano.
Se acerca con el paso de una pantera de terciopelo,
borrando la distancia entre el lienzo y la piel,
retomamos la frase justo donde la dejamos ayer,
una gramática de caricias veladas y complicidad eléctrica,
en una danza de libidos enredadas en el humo,
donde mi comportamiento es un mapa que ella ya conoce.
No busques dónde colgarme\", parece decir con su cercanía,
si ya estoy clavada en tu pecho con la fuerza de un clavo ardiendo\".
El cuadro es el espejo, ella es el reflejo,
y yo soy el náufrago atrapado entre dos realidades
que huelen a perfume retro y a una tarde que se niega a morir.
“Y, esta mañana, aún no he decidido donde,ni cuando”