Cien Años de Presencia
No fue la calidez de un aula lo que nos dejó,
sino el incendio de una estirpe que no muere.
Hoy simplemente miramos, meditamos y admiramos
al hombre que retorció la lengua hasta volverla mito,
aquel que se negó a ser un simple testigo
y se convirtió en el verdugo de nuestra realidad común.
Sentenció al olvido con la precisión de un cirujano,
hizo que la lluvia durara años y que el tiempo fuera un círculo
donde la soledad es la única herencia posible.
No buscó el aplauso fácil del idioma,
sino que lo quebró, lo moldeó a su antojo
hasta que las palabras dejaron de ser aire para ser piedra.
Ya no le pertenece a la tierra, le pertenece a la memoria,
donde lo fantástico es la única verdad que nos queda.
Esa es la gloria del que no se conformó con narrar,
sino que decidió fundar un universo entero.
Y en ese eco eterno de mariposas y estirpes condenadas,
solo resuena un nombre:
Gabo.
Autor:Álvaro Sampayo