Todo se aturde de nuevo.
Ya no sé si es fe
en que esta vez salga bien,
o miedo
a no saber vivir con otro final.
Me empeño en decirme
que no es ahí,
que no debería seguir
golpeando la misma piedra,
ni ahogarme en el mismo mar.
Que no debería
volver a llamar destino
a lo que siempre fue error.
Pero siempre está ahí,
como si la vida se empeñara
en devolverme al mismo lugar.
Como si todo gritara
que es ella…
o nada.
Y me lo creo.
Me creo que mi felicidad
lleva su nombre,
que empieza en sus labios
y termina cuando se va.
Y en el fondo no quiero,
no quiero volver a volar tan alto
para que la caída duela más.
No quiero su calor entre mis brazos
para después
sentir el frío de su ausencia.
Quiero silenciar la incertidumbre
con el sonido de sus pasos,
que camine hacia mí
sin miedo,
sin culpa,
sin el peso
de lo que pudo ser.
Y aun así…
no sé
si esto es amor
o solo costumbre.
No sé
si esperarla
o aprender a soltar.
Solo sé
que sigo aquí,
queriendo que venga…
y temiendo que lo haga.