Antonio Portillo

La caída del silencio


He ido por el mundo
disfrazado con ropajes que no eran míos,
cosidos con hilos ajenos,
hilvanados por el miedo al rechazo.
Vestí nombres que no me nombraban,
sonrisas de escayola,
y palabras ensayadas
para ocultar el temblor de mi verdad.
Cada día el disfraz
se fundía un poco más con mi carne,
como una venda sucia
sobre una herida que nadie miraba.
Y germinó el dolor.
No un dolor de carne y hueso,
sino ese vértigo mudo, lento y cruel
que vacía los adentros
mientras por fuera sostienes la postura.
Fui marchitando en silencio,
como agoniza el árbol
cuando su raíz olvida el idioma de la tierra.
Hasta que, asfixiado, lo comprendí:
no era la vida.
Era este andar torcido,
esta distancia de mí
clavada en cada paso.
Entonces quebró la máscara,
y con ella se derrumbó
el ruido, la complacencia, la costumbre.
Debajo encontré cicatrices,
un laberinto de años perdidos,
y un hombre exhausto
de tanto fingirse.
Y lloré.
No por tristeza,
sino por el tiempo gastado
siendo un extraño
en la casa de mi alma.
Pero al secarse el llanto,
la piel desnuda respiró de nuevo.
Hoy sé
que el mayor coraje
no es fingir ser inquebrantable,
sino atreverse a caminar descalzo
sobre las ruinas
de todo lo que fingí ser.

 

Antonio Portillo Spinola @