Ciertamente era mía, a veces me desconocía
y yo sin saberlo... ya no me pertenecía.
Otro cuerpo será su dueño.
Otros brazos acariaciarán su lecho...
La amé, es verdad, y ella... me amó entre ratos.
Fue tan corto mi amor con ella
que, ahora estoy en el olvido de sus gemidos...
No la odio; y es cierto, solamente odio el tiempo. Lo detesto.
Porque me ha arrebatado: lo que me había hecho sonreír...
Puse en el rocío de la noche, blanqueada por la tenue luna: una página nueva, por cada que pasa su ausencia...
Ella purga su sentencia dándole salvajismo
a sus deseos prohibidos...
En cambio yo: qué puedo decir, me he roto en mil pedazos; por el simple hecho de haberla amado...
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Marco Díaz.
Villahermosa, Tabasco; México.
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