No pronunció su boca la sentencia,
ni el labio dibujó la despedida;
fue un silencio colmado de evidencia,
una tregua final para su vida.
Lo comprendí en la luz de su mirada:
su pecho era un abismo de agonía,
luchando por quedarse en la morada
donde el alma, de frío, ya moría.
No pude ser la cárcel de su vuelo,
ni el ancla de su barco en retirada;
hay que soltar lo que reclama el cielo
cuando el amor se vuelve una emboscada.