Fue en lo más crudo del invierno,
cuando el cristal de la ventana se empaña de tristeza,
y el mundo se vuelve blanco, mudo, casi eterno.
Esperábamos un sol que calentara nuestra mesa,
un latido pequeño para enfrentar el frío,
pero la vida se detuvo antes de su primera promesa.
Hay una manta de lana que nunca tendrá dueño,
un par de manos pequeñas que no supimos estrechar,
y un nombre que se deshizo como un mal sueño.
Es un luto de hielo, una ausencia difícil de nombrar,
un invierno que no se va, aunque cambie la estación,
porque hay cunas que nacen vacías... y no dejan de esperar.
Te miro a través de la bruma de nuestro aliento,
dos náufragos buscando calor en una habitación desierta.
Éramos la víspera de un milagro, y ahora somos solo viento,
tratando de entender por qué el destino cerró la puerta,
por qué nos dio el cielo para luego quitarnos la mirada,
dejándonos esta herida blanca, tan viva y tan abierta.
El invierno será ahora la estación del año donde el alma se congela,
el eco de un paso que la nieve se encargó de borrar.
Nos queda este amor que no se rinde, que nos desvela,
buscando en la inmensidad del frío un rastro, una señal,
sabiendo que ese hijo que el invierno nos arrebató...
nos cuida desde el rincón más puro de la escarcha celestial.