La luz que titubea como si dudara de existir.
Una intermitencia seca, un cuerpo dividido entre lo que empuja y lo que se apaga.
Todo se afloja.
El sentido.
La dirección.
Yo mismo.
Son artimañas del desgaste: me oxidan despacio, me gastan las ganas, me sientan frente a mí en un diván sin respuesta.
Avanza una insolaridad muda, no para salvar, sino para atacar desde dentro.
Lo que soy en público.
Lo que queda a solas.
Ambos se observan sin reconocerse.
A veces quiero huir, disolverme en la distracción, olvidar que el mundo exige tomar partido.
Pero incluso cansado, incluso pequeño, incluso absurdo, sigo de pie. No por fe.
No por heroicidad.
Sino por esa obstinación inútil de no soltar la verdad aunque nadie la esté pidiendo.