José Luis Barrientos León

Espectador del tiempo

 

Es un milagro extraño esto de ver cómo se nos escapa la vida por los hijos.

Uno los mira crecer y siente que se va quedando en los huesos,

pero no de flaco, sino de esencial, de raíz que ya cumplió su parte.

 

Son ellos los que ahora traen el ruido, las preguntas de cristal,

los que caminan con nuestros mismos pies torcidos por el pasillo.

Qué cosa más tremenda es reconocerse en otro.

Ver mi mal genio en su ceño fruncido

o esa alegría tonta de mis ojos en su risa de domingo.

 

Son mi propia crónica, el tiempo que se muerde la cola;

en ellos me perdono lo que fui y acepto lo que sigo siendo.

A veces los toco y siento que estoy tocando mis propios recuerdos,

pero frescos, sin el polvo de los años.

 

No son míos, lo sé, son de la vida,

pero me prestan sus manos para volver a tocar el mundo como si fuera nuevo.

Su presencia es el equilibrio, el ancla que me sujeta al suelo

mientras la nostalgia me cuenta que yo también fui ese pájaro.

 

Al final, uno acepta el paso de las horas porque ellos son la cosecha.

La casa ya no es solo paredes, es este nudo de sangres y de risas,

donde envejecer no es marchitarse,

sino verse florecer en otro cuerpo, en otro nombre,

mientras nos tomamos la sopa, juntos, en el sagrado desorden de la mesa.