Lo supe mucho antes de aquella tarde,
quizá no como cae una certeza
sino como se intuyen penas
o se presagian aguaceros.
Desde la conciencia
busqué dos o tres excusas,
sumé unos cuantos pretextos
para levantar un muro decente,
y olvidar así, tal vez,
darle a la silla de enfrente
tu rostro o tu nombre.
Pero nada me salvó
Llegaste.
Iluminaste la habitación
y a todos mis temores dormidos,
te instalaste en ese sitio
casi sin querer,
como lo hace un relámpago
en los ojos.
Así dejaste una larga calle de vuelta
repleta de días y de noches
pero sin tardes.
Hoy te reconozco
mejor que el ruido de los buses
viejos y desbocados por estas calles,
más que el sonido infinito de la lluvia
insistiendo sobre estos tejados
cansados,
y remendados de ojalases.
Yo sabía
que te quedarías,
aunque no sea esta tu casa,
ni sea esta tu manera,
te quedaste,
casi como un instinto,
como la sangre
que nos mueve
y fluye por mis heridas.