La vi llegar con sigilo sombrío,
saltar con sus fauces al viento ardiente,
morder con el hambre de odio tardío,
y alzar su sombra voraz e inclemente.
De acero altivo su lomo encendido,
arrastra pueblos con paso arrogante,
ese oscuro pulso, feroz y erguido,
dicta su ley con mandato constante.
Gigante frío de dientes dorados,
bebe la sangre de tierras heridas,
y en esos dominios, crueles, cercados,
siembra silencios de voces vencidas.
De falsa gloria se viste imponente,
cubre de oropel hoy su hambre infinita,
y en su discurso, pulido y doliente,
la vieja herida del mundo se agita.
Sus ojos ciegos de fuego y dominio,
miden la vida con sus cifras de oro,
y en cada pacto, velado exterminio,
vende la historia por un vil decoro.
¡Oh, desmedido coloso del norte!,
tu paso me suena cual trueno en la era,
más bajo el brillo un férreo soporte
late la grieta que al tiempo te espera.
Porque no hay trono que el miedo sostenga,
ni voz que calle la llama del suelo,
ni imperio altivo que eterno se tenga
cuando la tierra reclama su anhelo.
Y aunque tu sombra se extienda en los mares,
y aunque tu nombre retumbe en la historia,
hay en los pueblos profundos cantares
que alzan su fuego contra tu victoria.
Ruge la bestia o más ruge el humano,
hiende la noche -férrea esperanza-,
y en cada herida que sangra temprano
nace un mañana que rompe la lanza.
Así, en la oscura garganta del tiempo,
cuando el poder se desplome en su abismo,
se quedará vivo -como alto ejemplo-
el libre pulso del justo civismo.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026