Efrain Eduardo Cajar González

Códice del cuerpo

I
No es libro, y sin embargo me escribe;
no es voz, y sin embargo me nombra.
En cada célula un secreto vive
como un rumor de luz bajo la sombra.
No pide tinta, no reclama página:
se pliega y se despliega en su verdad;
y en ese pliegue íntimo germina
la forma incierta de la identidad.

II
Es un alfabeto sin escuela
que aprende solo a persistir,
una memoria que se anhela
cuando empezamos a existir.
No tiene autor que lo reclame,
ni fecha cierta de creación;
y sin embargo dicta el hambre,
el ritmo, el pulso y la razón.

III
Allí se guardan los comienzos,
las rutas que el cuerpo tomará,
los mapas de futuros densos
que el tiempo mismo revelará.
Pero no manda como un dueño,
ni encierra al ser en su designio:
abre senderos, da un empeño,
y deja espacio al libre signo.

IV
No todo está ya decidido,
no todo yace en su interior;
hay viento, mundo y lo vivido
que escriben junto a su rumor.
La vida añade anotaciones
al margen claro de su ley,
y en esas leves variaciones
lo fijo aprende a no ser rey.

V
También el error lo habita,
pequeña grieta en su canción,
y a veces sana, a veces grita
lo que desborda su intención.
Pero en la falla hay movimiento,
y en lo distinto hay dirección:
de lo imperfecto nace el viento
que empuja toda evolución.

VI
No hay dos iguales en su trama,
aunque el origen sea común;
cada quien porta su diagrama
como un reflejo en lo profundo.
Y en esa mínima diferencia
se alza el misterio de lo humano:
ser singular en la conciencia
y, sin embargo, hermano.

VII
Hemos logrado descifrarlo,
leer su ritmo y su señal,
como quien intenta tocarlo
sin romper su pulso vital.
Y al comprender lo que contiene
nos vimos frente a un nuevo umbral:
saber que el poder que se obtiene
también nos exige moral.

VIII
Porque tocar ese lenguaje
es rozar lo más esencial,
es alterar en el paisaje
la raíz de lo natural.
Y toda mano que interviene
debe saber qué está al cambiar:
no solo un código que viene,
sino la vida al transformar.

IX
El genoma no es destino,
ni sentencia sin opción;
es más bien un camino fino
entre impulso y elección.
Un tejido que se entrelaza
con lo vivido y lo que vendrá,
y en esa unión que no se aplaza
el ser humano se revelará.

X
No explica todo lo que somos,
ni mide el fondo del sentir,
no guarda el peso de los asombros
ni el modo humano de elegir.
Porque hay regiones invisibles
que ningún código captó,
donde nacen los imposibles
que la conciencia imaginó.

XI
Así en el fondo de la ciencia
late un misterio sin final:
cuanto más crece la conciencia
más se expande lo esencial.
Y en cada célula encendida
no solo hay forma o función,
hay una chispa de la vida
que desborda toda razón.

XII
No es libro, y sin embargo queda
como un relato sin concluir,
una escritura que se enreda
con todo lo que es vivir.
Y mientras el tiempo nos nombra
y vamos siendo en realidad,
el genoma, luz en la sombra,
susurra: cambia… y sé verdad.