Pronto acaba el teatro
Y cesa el espectáculo,
No sin antes acabar
Y la verdad destapar:
\"¡...Todas las personas mienten,
Para ocultar lo que sienten!
Llevan todas puestas muy bellas máscaras
Porque son todas ellas descaradas\".
Se baja el elocuente telón,
Sin demora, sin pedir perdón,
Y estallare su público en mil vitoreos;
Música y ruido, a los aplausos quedan reos.
Y con el telón bajado, cesa toda necesidad de rimas o de poesías. Termina la necesidad del verso, empieza la serenidad de la prosa. El actor se esconde en la sombra, mas hay un murmullo del dramaturgo tras el ruido de un público de simples gentes, pensando cuan degraciado fue de hacer una obra tan pobre de significado con tal de complacer ignorantes mentes. La obra trató de llanas analogías, todas ellas muy vacías. Su obra que tanto amor recibía no era más que la más repetida crítica; filósofos, poetas y dramaturgos que, como él, adoraban del cliché de esta: representar la vida como un teatro de personas que, obligadas o no, llevan puestas máscaras. Pero esto en el fondo no toca nada. La mayoría olvida que ver la vida como un teatro no es más que otra representación en su escenario, bien sea este poético, bien sea este literario, o haciendo honor a su nombre, un verdadero escenario. Lo cierto es que a todos nos encanta hablar de las máscaras de las personas, pero no el por qué se llevan puestas en primer lugar, y el motivo no es que la vida sea necesariamente un mal, sino porque es mayormente aburrida, pero nunca lo admitiremos porque dejaría una faceta dolida. Es por ello que nos encantan las ficciones y en cierto punto creímos y creemos que son reales. Tanto las amamos que en cierto punto olvidamos que son elucubraciones, y tanto las amamos que cuando las redecubrimos como irreales, decidimos seguir creyendo en ellas como profundas divagaciones.