Leoness

Aquella experiencia de amor

Mientras la agónica luz solar se rindia al ocaso,

la última brizna se apagaba en un último abrazo,

más, sentía el fuego de labios, humedad y promesa,

un idilio sin fin, una dulce sorpresa.

 

Ella, doctora de sueños y cielos abiertos,

unió su alegría a mis pasos inciertos,

frente al turquesa del mar y la arena nevada,

fuimos cuerpo y deseo, fuimos alma entregada.

 

La brecha de los años, un abismo olvidado,

yo, edad de abuelo, ella, siempre a mi lado,

no importó la cronología, en la danza del celo,

quería, nuestro hijo, un pedazo de cielo.

 

Entre citas médicas y esperas de ciencia,

el amor desafiaba cualquier contingencia.

 

Más el tiempo es un juez con su propio destino,

la beca trazó un diferente camino,

quince mil kilómetros, una fría pantalla,

la luz del Webcam era nuestra batalla.

 

Hasta que un cumpleaños llegó con su herida,

el silencio ocupó el lugar de la vida,

y llegó otro hombre, llegó el relevo,

un giro del sino, un capítulo nuevo.

 

Incertidumbre, un lustro desató el vacío

y una deriva destruyó su matrimonio



Hoy la historia camina por senderos distintos,

ella vive su hogar, con nuevos instintos,

dice amarme aún, entre hijos y calma,

pero guarda un incendio en el fondo del alma.

 

Una mañana con sabor a siempre,

ella desdibuja el horizonte que nos mantenía aparte,

y en los escombros de una memoria rota,

los dos cerca, el ayer se borra y el futuro brilla

 

Trae en su piel el aroma de los años perdidos,

borrando de un paso silencios y fríos.

 

Ya no busco su sombra en la tarde que muere,

mi amor se levanta, se abraza y se adhiere

a la vida que, al verla, de nuevo empezó

la huella que dejó en mi alma marcada

 

Me besa con ansia, con fuego prohibido,

delante de todos, por lo que hemos sido,

amor dilatado que no sabe de olvido,

que late en el pecho... aunque se haya partido.