Oh, TATA,
dime —si aún es posible nombrar—
por qué mis alas,
antes de ser vuelo,
insisten en aprender el incendio del sol.
TATA,
¿por qué,
si no codicio alturas
ni la soberbia de lo alto,
sólo una claridad sin herida,
un vuelo que no deje cicatriz en el aire?
TATA, dime:
¿qué cifra se oculta
cuando el sol —demasiado cercano—
roza mis alas
y algo en mí se extingue,
no en la carne,
sino en la idea misma de existir,
como si el sentido
se adelgazara hasta volverse ausencia?
TATA,
¿por qué este deseo humilde
de un cielo donde pensar sin fractura,
de un mar que no exija naufragio,
de un silencio donde ser
sin deuda ni temblor?
TATA, dime si puedes:
¿es este ardor un límite
o una llamada?
¿una advertencia del abismo
o la forma secreta del camino?
¿debo aprender
otra gramática del sostén,
otro modo de habitar
mis propias alas?
TATA,
¿por qué,
si sólo ansío
una existencia sin peso,
una mirada que no duela,
un vuelo que no se deshaga
en su propia elevación?
Oh, TATA,
dime —si aún puedes—,
por qué a veces,
cuando el sol me toca,
no es el cuerpo el que muere,
sino la certeza.
Y aun así, TATA,
sigo alzando las alas:
no para vencer al sol,
sino para entender
lo que su ardor me revela.