Hijo mío, te hablo desde el cielo.
Rezo con cada salida del sol
para que se alumbren tus pasos en la tierra.
No existe un solo día que no me acerque a ti
para hablarte en el silencio de la muerte
y expresarte que, es cierto,
no lo dudes: el amor es divino.
No te olvido un instante,
aunque los instantes en la eternidad
son infinitos,
pero las horas que tú, como ser vivo,
compartes entre tus quehaceres diarios
son para mí la fuerza para seguir a tu lado.
Cuando caminas, cuando lloras,
hasta cuando piensas, muchas veces,
que el mundo está mal hecho
por la falta de emociones y sin razón de ser,
yo salgo de cualquier lugar
de este otro mundo,
y te busco para soplar sobre tus ojos
la fe inagotable que tenemos los muertos.
No te preocupes nunca,
no pierdas tu tiempo en realidades imposibles,
yo te escucho, te pienso, te agradezco
el haber sido mi hijo,
y por lo tanto, distante en cuerpo y alma
de tu presencia diaria,
te doy la seguridad hoy, y mañana
que nunca dejaré de quererte.