Los pliegan, los guardan
en sus bolsos, y se largan…
El polvo los cubre, se desperezan
y abren sus pliegues, respiran
y adquieren carne, apetito y volumen:
Devoran la prisión improvisada,
les brotan púas de los huesos,
mirada de cuchillo y la lengua
que se sacude como rayo en su boca.
Persiguen insaciables el rastro
de los que mutilaron adverbios
y adjetivos y los hacinaron
en una antología. Cuando los hallan,
los hieren hasta sacarles el alma
del cuerpo para engancharla
sobre su lomo y llevársela...
Los autores la llaman,
entre jadeos y suspiros,
sin poder recuperarla.