Hay que ver, digo, cómo se nos desviste el tiempo
en los hijos que son como pajaritos de uno mismo,
volando por la cocina, por el alma, por el hambre,
uno los mira y se reconoce un poco menos, o un poco más
según cómo pegue la luz en el recuerdo.
¿Quién es ese que usa mis ojos para mirar el mundo?
es el hijo, esa pedacería de nosotros que anda suelta,
haciéndole cosquillas a la muerte,
porque en ellos la vida no se acaba, se continúa,
como un verso que uno empezó a escribir hace siglos,
y ellos terminan con una falta de ortografía preciosa.
La vejez es un perro manso que nos lame las manos,
y la familia, ah, la familia es ese nudo de pañuelos,
donde guardamos el miedo y la cebolla del guiso,
y nos aceptamos así, imperfectos, cotidianos,
con esta nostalgia que no es tristeza,
sino un modo de decir, qué suerte que estuvimos.
Se nos va la cara en sus caras,
y es lindo, fíjate, es casi una justicia,
que el tiempo nos robe el cuerpo para dárselo a ellos,
mientras nos quedamos sentados a la mesa,
mirando cómo la eternidad se toma un vaso de agua,
y nos da las gracias con un beso de buenas noches.