Era una tarde en estudio,
cuando el silencio se oía.
Don Federico custodia
las clases mientras leía.
Detrás de la puerta abierta
aquel zagal se escondía
haciendo muecas y gestos
por cortar la paz que había.
De repente un ruido brusco,
seco, vibrante, rompía
aquella balsa de aceite
que se alzó en algarabía.
Todos buscaban la fuente
de aquel estruendo que abría
el negro pozo del tiempo
donde educación no había.
Pensó romper el pupitre
al que en abrazo cogía
y era la colosal fuga
de la presión que tenía.
A mi lado Domiciano,
conteniéndose, mordía
un grueso libro de historia
y la muleta blandía.
La hilaridad general
apenas se detenía
ante la grave presencia
del director de La Guía
que con léxico exquisito
muchas cosas le decía.