Amores para conservar

Poema II/Elíseos inesperados

La vida no avisa,
no toca la puerta,
no pide permiso para doler.

A veces llega temprano,
demasiado temprano,
y una forma torpe de enseñar
que crecer también es resistir.

Yo no estuve ahí,
no vi los pasillos de tu infancia,
ni las noches que aprendieron tu nombre
antes que la calma,
pero hay algo en tus silencios
que cuenta lo que no dices.

Hay una memoria en tus gestos, Tais,
una forma de sostener el mundo
como quien ya lo ha visto romperse.

Y, sin embargo,
no te quedaste en la grieta.

Elegiste lo más difícil:
no repetir la herida.

Te volviste refugio,
te volviste casa,
te volviste todo lo que faltó.

Y entonces aparece ella.

Rouse.

Como una respuesta luminosa
a todas las preguntas que dolieron,
como si la vida  arrepentida
hubiera decidido devolverte la ternura
multiplicada en su sonrisa.

Porque sí,
hay algo en su risa que no es casual,
algo en su forma de mirar el mundo
que habla de ti.

De tu manera de amar sin medida,
de tu forma obstinada
de llenar vacíos con luz.

Y la veo,
y te veo en ella,
y entiendo que hay victorias
que no hacen ruido
pero cambian la historia.

La vida es incierta, dices,
y tienes razón.

Pero hay certezas que nacen
en medio del caos.

Tú eres una de ellas.

Tú, que transformaste la ausencia
en abrigo,
el dolor en ternura,
y el pasado en un lugar
donde ya no duele vivir.

Y mientras el mundo duda,
mientras todo parece frágil,
hay una niña que sonríe
como si nada malo hubiera existido.

Y eso, Tais,
eso es casi un milagro.