Elizabeth Maldonado Manzanero

Escritura que agoniza

Te escribo desde la otra que soy


cuando no me nombras,

cuando tu mirada

se escapa de besar mi figura,

cuando el sol y el ser

dejan de repetirse en el tiempo,

cuando en mi cara

empiezan a habitarme las dudas.

 

Callo y soy un ser diferente

a la que soy contigo,

como si el mundo cupiera a intervalos:

en la pausa de dos cuerpos

o en la ausencia de los mismos

que se tocan

solo en el pensamiento.

 

Y entonces el verbo es lo que fuimos:

niños de invierno

con temblor en las manos,

seres de hambre

en los ojos del deseo,

en una ciudad que se cae

detrás de las sonrisas

como tierra fangosa en días de lluvia.

 

Y así estamos, así permanecemos,

detenidos frente a la ventana,

como un día donde nada se mueve

y sin embargo todo cae:

la memoria,

los nombres,

la infancia fracturada

como vaso en la cocina.

 

Como péndulos nos vaciamos y nos llenamos

de energía,

de movimientos hacia el amor,

yendo y viniendo

entre lo que fuimos

y lo que no alcanzamos a ser.

 

Nos nombran entre

una silla vacía y una voz en otra boca,

en ese ciclo infinito

de vida y muerte

donde los latidos titubean,

entre el suicidio y el silencio,

con una honda tristeza:

la de seguir viviendo.

 

Nuestras bocas:

esas fugas de agua,

sedientas, especulan

y no son nada

solo tristes territorios

que se desmoronan

mientras el mundo recalcula:

cuántos niños duermen sin nombre,

arropados por la indiferencia,

con boquetes de hambre en el estómago,

y cuánta morfina hace falta

para dejar de sentir la pobreza.

 

Duele, amor, el cuerpo ajeno

repartido como propio

entre los brazos de la infidelidad y la desdicha.

Duele el pan que no alcanza,

como la noche que tus brazos no me abrigan,

como me duele la infancia que aprende

a morirse temprano,

tanto como el beso que no te fue suministrado.

 

Y sin embargo,

aquí sigo.

Allá estás.

Así seguimos,

ridículamente breves y lejanos

sobre la tierra que agoniza.