Y miró al chico que está enfrente de mi.
Al otro lado de la acera,
esperando, al igual que yo,
a que el semáforo se ponga de una vez verde,
porque son las ocho de la mañana
y como siempre a nadie le sobra ni un minuto.
Y justo, hay un instante en el que cruzamos miradas
y, no te sabría decir porqué, ambos sonreimos
como si se tratara de un saludo silencioso.
Y eso es todo.
El semáforo al fin se ponen verde,
ambos cruzamos siguiendo nuestro camino.
Y ni siquiera nos dirigimos una palabra
ni tampoco una última mirada.
Y cuatro manzanas después,
a pesar de que vete a saber tú dónde a quedado ese chico,
me acecha la misma pregunta:
¿Y si aquel chico hubiera sido el amor de mi vida?
¿Y si por no decir nada nunca lo sabré?
Me quedo quieta
y por primera vez en el día
no importa si llego tarde
ni si el semáforo de enfrente está a punto de cambiar a rojo.
Y le doy el pésame
a todas esas personas que podrían haber sido algo en mi vida y a las que jamás conocí,
a todas esas casualidades que se perdieron entre el ruido de la prisa.