No es un descanso. Es el descenso
a una patria sin mapas ni gobierno.
El sueño es esta tela que tejemos
con el hilo que el día nos rehúsa:
una sustancia vaga, biografía de agua
que se nos escapa entre los dedos.
Allí, bajo el párpado que cede,
soy el que no conozco.
Ostento un rostro ajeno, una máscara
hecha de todos mis miedos y mis otros nombres.
No soy el que saluda, ni el que escribe,
Soy el que fluye, inabarcable y solo,
en un desorden de espejos enfrentados.
Todo es flujo, impredecible naufragio.
Y sin embargo, en medio del desplome,
algo persiste con su peso ciego,
la conciencia es esta roca que lanzamos
al fondo de un mar que no devuelve ecos.
Una sonda de hierro, un testigo
que baja a las raíces del silencio
para decirnos, al volver, que somos
apenas este abismo que soñamos.