No cruzaron el umbral:
ya habitaban el vacío antes del muro.
Se sientan en el borde exacto del mundo,
allí donde la arquitectura cede
y la casa comienza a soñar por nosotros.
Ojos de azufre y penumbra,
astrolabios fijos en un norte que no vemos.
Poseen la ciencia de lo que hemos olvidado:
el peso exacto de la sombra, el lenguaje del polvo,
la sorda caligrafía del acecho
y esa gramática antigua que tiembla bajo su lomo
—seda y eco del desierto—,
memoria de cuando el tiempo era simple
y la sangre, más pura.
No piden permiso.
Colonizan el rayo de sol, el terciopelo,
y se instalan en el centro invisible de las cosas
como si todo fuera, por fin, recuperado.
Y uno claudica,
ofrendando el espacio sin entender la ley,
cediendo el trono a cambio de un roce.
Pero es en las noches de naufragio
donde el poema encuentra su centro.
Cuando el alma se deshilacha y el pecho es un hueco,
ellos emergen del silencio.
No es amor: es reconocimiento.
No se quedan: coinciden.
Son inquilinos de una eternidad que nos ignora
y, sin embargo, su respiración —ahora—
sostiene los cimientos de la noche.
Saltan
y el espacio se pliega para no estorbar su vuelo.
Nos miran
y el ego se arrodilla ante ese juicio sin palabras.
No nos pertenecen,
pero conocen el mapa exacto de nuestras grietas.
Pequeños dioses tibios:
han decidido, por piedad o por tedio,
saber dónde vivimos.
Y ese peso exacto, ese pulso térmico que no exige respuestas,
ancla nuestra deriva.
El caos encaja.
Presencia pura.